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ESTO ES DE LOCOS¡¡¡¡

DUNARIEL EL GUERRERO

CAPITULO II (2 parte, de regalo y agradecimiento)

Los dos compañeros comenzaron a subir la montaña hasta llegar a la caverna donde vivía Varok, mientras subían la montaña Dunariel sentía como si el escudo vibrara bajo su brazo, como si quisiera advertirle de algo, Dunariel se detuvo en seco, cogió el escudo con ambas manos y lo miró.

 

- ¿Qué te pasa? – le preguntó Varok.

- No sé, me siento raro con este escudo.

- Claro, ten en cuenta que es un escudo mágico, supongo que tu padre conocía la historia y lo utilizó.

 

El mago siguió subiendo y Dunariel lo siguió pero antes de llegar a la caverna se frenó en seco, en esta ocasión fue Varok el que lo hizo.

 

- ¿Qué ocurre? - preguntó Dunariel en un susurro.

- Hay orkos arriba, lo siento.

- ¿Más orkos?

- Shssst. Dunariel, quédate aquí, voy a subir y a librarme de ellos.

 

Dunariel asintió con la cabeza y Varok comenzó a subir muy despacio, Dunariel comenzó a subir detrás de él hasta un lugar desde el cual se podía ver la caverna, Varok estaba agazapado en la entrada y de repente se puso en pie. Dunariel escuchó un grito sordo proveniente de la boca de los orkos que lo habían vislumbrado y rápidamente salieron fuera con las hachas en alto, Varok levantó los brazos y comenzó a hablar en ese idioma que no se le entendía nada, lo siguiente que pudo ver Dunariel fue un rayo de luz que lo cegó por un momento, cuando volvió a ver no existía ni el más mínimo vestigio de los orkos ni signos de batalla. Varok seguía en pie y con los brazos en alto, de repente comenzó a tambalearse y se cayó al suelo. Dunariel salió corriendo hacia Varok.

 

- ¡Varok, Varok!, ¿cómo estás?

- Estoy bien pequeño pero un poco cansado, ayúdame a incorporarme –Dunariel le prestó su brazo para que se apoyara y Varok se incorporó – Luchar contra la magia es muy cansado, además la magia de Invgar es demasiado fuerte para cualquiera. La fuerza de su magia reside en su maldad. Cuanto más mal hace más fuerte es su magia, esos orkos buscaban algo.

- ¿Vendrían por ala de fuego?

- No Dunariel, venían por ti.

- ¿Cómo?

- Invgar teme que seas el nuevo Dunariel de Astun y que al igual que tu antepasado acabó con Rástarov tú acabes con él.

- Pero si solo soy un niño.

- Por eso, prefiere matarte ahora que eres sólo un niño a esperar a que crezcas. Lo que no sabe es que yo soy tu protector, de hecho estos orkos no tenían conciencia de donde estaban, ellos saben que tú estás vivo y creyeron que te esconderías por las zonas cercanas al pueblo, por eso buscaron en esta cueva. Pero ahora Invgar sabe que estás conmigo, su magia se ha confrontado con la mía, hemos de irnos.

- ¿Hacia dónde?

- Hemos de ir en busca de Aldoán el mago.

- ¿Aldoán el mago?, ¿también es protector de otro pueblo?

- Sí, él es el protector de Saryá.

- Saryá, ese pueblo es famoso por sus valerosos guerreros, dicen que incluso tienen su propia escuela de guerreros.

- Sí señor y Aldoán es el que cuida de todos ellos.

- Varok, ¿dónde me encontraste, había una bolsa?

- Sí,

- ¿Y la recogiste?

- Ahí la tienes junto a la cama – Dunariel se acercó a la cama - ¿qué tienes en esa bolsa?

 

Dunariel sacó muy lentamente la pequeña rodela que había sacado del taller de su padre y la depositó sobre la cama, parecía un pequeño plato junto al escudo de Dunariel de Astun, poco después sacó la espada corta que también había cogido y la puso sobra la cama.

 

- Vaya, parece que ibas bien armado – Varok comenzó a reírse con una tos seca.

- Es lo primero que encontré.

- Pues quizás te haga falta más adelante, pero no tal y como las tienes ahora mismo.

 

Varok tomó entre sus manos el escudo de Dunariel de Astun y lo examinó durante rato, su mano iba de su barba al escudo una y otra vez como si fuera un ejercicio de repetición, sus ojos grises se empequeñecían cada vez que miraba el escudo, fijaba su mirada y la volvía a perder en algún punto lejano.

 

- El conjuro de este escudo está ya un poco flojo, no creo que soporte muchos más enfrentamientos mágicos, vamos a intentar renovar el conjuro.

- ¿Cómo?

- Voy a lanzarle el mismo conjuro otra vez, es cuestión de concentrarse.

 

Varok se sentó junto a la cama y comenzó a musitar palabras extrañas a la vez que pasaba las manos sobre el escudo. Dunariel tenía la mirada puesta en el escudo esperando alguna reacción mágica, pero el escudo lo único que hacía era brillar cada vez que Varok pasaba sus manos sobre él, cada vez brillaba con más fuerza, parecía que nunca hubiera recibido un golpe. Finalmente Varok dejó de pasear sus manos sobre el aire del escudo y las puso sobre sus rodillas.

 

- Dunariel, pon tu espada sobre el escudo.

 

Dunariel hizo lo que Varok le había pedido y Varok comenzó a hacer lo mismo que con el escudo, la hoja de la espada reflejaba la cara concentrada de Varok, mientras Dunariel veía que cada vez era más brillante, le recordaba al río del bosque cuando el agua del sol le daba directamente.

 

- Ya está Dunariel, tus armas tienen el mismo conjuro que tuvieron las armas de tu querido antepasado, ya es hora de partir, pero antes vamos a soltar a ala de fuego y vamos a ver una cosa.

 

Varok y Dunariel volvieron a los pasillos cavernosos por los que fueron a ver a ala de fuego, pero esta vez pasaron de largo del pequeño dragón y siguieron bajando más, de repente se encontraron en una sala muy grande y muy fría, tan fría que a Dunariel se le helaron los huesos. Varok volvió a lanzar la esfera ardiente contra la pared e hizo que se transformara en una estancia totalmente clara como la luz del día.

 

La sala era una sala enorme, las paredes estaban tan distantes la una de otra que se podía correr hasta cansarte para llegar de una a la otra. El centro de la habitación había una especia de cofre muy, muy grande de piedra, un poco más alto que Dunariel. Dunariel subió una pequeña escalinata que había ante el cofre y leyó la inscripción que había en la tapa.

 

“Aquí yace Dunariel de Astun, el valeroso, caballero de Gámolet, dirigente del bando de la Pureza en la Guerra Eterna, el que terminó con Rástarov y devolvió la paz, descansa en paz”

 

Bajo la inscripción se podía ver el mismo dibujo que tenía el escudo que Dunariel había encontrado, los alrededores del sarcófago estaban adornados por escenas de la Guerra Eterna uno de ellos representaba a Dunariel el valeroso a lomos del pegaso y junto a él un enorme dragón con un hombre sobre él. Dunariel adivinó que era Rástarov y su mente se turbó. Rástarov era un hombre sin rostro, muy alto y corpulento, su pelo era negro y andrajoso y no llevaba ningún tipo de casco. Su piel parecía negra como el cielo en la noche y su mirada parecía petrificar a cualquier corazón. Dunariel de Astun se parecía mucho a Dunariel, sobre todo en el pelo y en la delgadez, pero la mirada del valeroso era fiera, tan fiera que si no fuera del bando de la pureza daría más miedo que Rástarov.

 

- Fue un gran hombre y vivió durante muchos años, encontró la sabiduría de la montaña, cosa que no muchos saben encontrar, pero decidió descansar, decidió que ya no le merecía más la pena estar aquí, que ya era hora de descansar y entonces fue cuando Invgar se transformó en lo malvado que es ahora. Sabía que si Dunariel de Astun estaba muerto el tendría el campo libre para hacer lo que quisiera, pero no contaba con mi maestro, no creía que fuera capaz de hacerle frente entregándole la vida, pero si fue capaz. No contaba contigo Dunariel, ni con que tú tuvieras las ansias que tienes por ser guerrero, la sangre de Dunariel de Astun, viaja por tus venas.

 

- Es cierto – una voz resonó en la estancia con un eco ensordecedor. Varok, reconoció la voz.

- Buenas, Dunariel de Astun.

- Hola Varok, contestó la voz.

- Tengo que presentarte a alguien, seguro que ya lo conocerás. Se llama Dunariel y también es de Astun.

- Hola Dunariel, ¿cómo estás?

- ¿Quién eres?

- Soy tu antepasado Dunariel de Astun, el valeroso.

- Pero... ¿tú estás muerto?

- Dunariel, la muerte sólo puede alcanzar a los cuerpos pero no a las almas. Sé la pena que te afecta al ver nuestro pueblo destruido, pero está tranquilo, pronto volverá a estar como antes. No dejes que su recuerdo te consuma Dunariel.

- Pero, no hay nadie, en Astun, ¿quien lo va a reconstruir?

- Paciencia hijo, paciencia. Dunariel, están a punto de llegar tiempos muy duros, tan duros como aquellos años de la Guerra Eterna, Invgar es muy malvado, no reparará en hacerte daño, le tiene miedo a nuestra familia porque nos ha visto hacer grandes cosas. Veo que has encontrado mi escudo.

- Sí, y Varok ha vuelto a hechizarlo para que soporte los golpes.

- Dunariel, veo que eres muy valiente para lo pequeño que eres. Pero eso no importa, un guerrero no se mide por su aspecto sino por la valentía de su corazón. Y parece que ahí tú tienes más fuerza de la que yo espero o de la que espera  la gente. Dunariel, quiero que recuerdes una cosa, por tu cuerpo corre sangre de Caballero de Gámolet, así que espero que no defraudes a Varok ni a tu pueblo, ahora marcháos, Aldoán  os está esperando en Saryá, aprisa, la magia de Invgar comienza a ser demasiado fuerte y a estar demasiado cerca.

 

De repente la estancia quedó totalmente a oscuras, como si en ella nunca hubiera habido el menor haz de luz, parecía una habitación en la penumbra, como si en ella no hubiera nada, Dunariel volvió a sentir el frío que había sentido momentos antes.

 

Varok y Dunariel recorrieron el camino en esta ocasión en sentido contrario al que lo habían hecho anteriormente. Al llegar a la altura de ala de fuego se pararon. Ala de fuego levantó la cabeza para ver lo que ocurría y emitió un leve bufido en señal de aprobación, Varok comenzó a acariciarle el morro mientras Dunariel miraba expectante.

 

- ¿Qué vas a hacer con él?

- Está preparado para no hacer daño a nadie, seguramente volverá al nido e Invgar lo volverá un dragón preparado para luchar.

- ¿No podemos evitar eso?

- Mucho me temo que no, la única solución sería matarlo y yo no estaría dispuesto a hacerle daño. Ahora vamos a subir con él a la cima de la montaña y nos marcharemos para Saryá.

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CAPÍTULO II (parte 1 del capítulo)

DUNARIEL DE ASTUN, EL VALEROSO.

Cuando Dunariel despertó ya era de día y no estaba en el terraplén sino se encontraba en una cueva, enseguida se acordó de su madre y... ¡de los orkos! Tal vez estuviera en la cueva de los orkos y estos le hubieran cogido. Dunariel no quiso moverse, prefirió mantenerse inmóvil prefería que pensaran que estaba muerto a que supieran que estaba vivo y acabasen con él.

 

- ¡Vaya,vaya, veo que estás despierto, Dunariel! – Dunariel quedó desconcertado al escuchar su nombre.- Seguramente no sabrás quien soy.

 

Dunariel se incorporó y miró hacia donde venía la voz frente a él había un hombre mayor, con una recortada barba blanca y frente a una marmita que desprendía un gracioso humo verde.

 

- ¿Quién eres?

- Descansa Dunariel, decansa pronto lo sabrás todo.

 

Dunariel se quedó dormido de nuevo y pasado el tiempo despertó y vio al mismo hombre sentado junto a él.

 

- ¿Quién eres?

- Yo soy el ermitaño de la montaña, ¿no te han hablado de mí?

- ¿Tú eres el ermitaño?

- Sí, pero puedes llamarme Varok, al menos así me conocían en Astun.

- ¿Entonces la leyenda es verdad?

- Sí.

- ¿Y por qué te viniste aquí?

- Quería ser mago, pero en el pueblo decían que los magos no existían y que no se puede ser algo que no existe.

- Ya, claro, algo parecido me pasa, pero tampoco existían los orkos para nuestro pueblo.

- Y no existían hasta que llegó Invgar.

- ¿Quién?

- Sabes Dunariel, tengo muchas cosas que explicarte. Cuando yo subí a esta montaña era un joven no mucho más mayor que tú, yo quería subir porque decían que esta montaña encerraba la sabiduría de los años y yo quería ser mago, para ser mago se ha de ser muy sabio, casi tan sabio como la vida y yo venía en busca de la sabiduría. Aquí vivía mi maestro, el mago de la montaña el protector de Astun, él velaba para que en nuestro pueblo nunca ocurriera nada. Cada pueblo tiene a su protector y ahora yo era el de Astun. Invgar era el Protector de todo Gámolet, era el mago de los magos, la mejor y la magia más pura era la suya. Mi maestro era muy amigo de Invgar y juntos me enseñaron la mayoría de las cosas que sé. Invgar fue haciéndose cada vez más poderoso y empezó a usar la magia negra, o lo que es lo mismo, empezó a usar la magia para hacer el mal. Hacía que los pueblos entraran en guerra, ponían en guerras mágicas a sus protectores... Mi maestro decidió enfrentarse a Invgar, en un duelo mágico, siendo consciente de que esto le traería la muerte aunque esperaba que también se la trajera a su amigo.

- Y claro, Invgar salió vivo del combate.

- No, Dunariel, te equivocas, Invgar murió al igual que lo hizo mi maestro pero su fuerza aural era tan fuerte que su alma siguió en el aire de la tierra de Gámolet, eso y estar muerto es lo mismo pues cuando morimos nuestras almas siguen en el aire, en las plantas, e incluso en nuestras casas junto a nosotros, pero Invgar fue tan malvado que su alma se quedó sin un lugar donde ir. Esto hizo que cualquier mago pudiera devolverle a la vida, eso sí, le tendría que prestar su cuerpo pues el cuerpo de Invgar ya estaba muerto.

- Es decir, que Invgar está en el cuerpo de otro mago.

- Sí, pero no puede ser un mago cualquiera, ha de ser un mago casi tan malvado como él y con tal mal corazón pero que tenga menos fuerza mágica. Desde hace ya casi un año sentí que Invgar estaba vivo, pero no quise creerlo, no quería creer que un ser tan malvado volviera a pisar Gámolet, pero lo ha hecho.

- ¿Y los orkos?

- Los orkos son creación de Invgar su magia es tan fuerte que le permite concebir vidas a partir de cualquier cosa, pero tienen su mentalidad, es decir, son malvados y crueles tal y como los describen los cuentos. Pero la magia de Invgar no llega solo a los orkos, también crea dragones que adiestra para destruir, tengo que enseñarte una cosa, sígueme.

 

Dunariel se incorporó y marchó tras Varok hacia una zona más oscura de la caverna, Varok elevó su mano y sobre su palma apareció una esfera ardiente que desprendía una luz muy fuerte.

 

- ¿Hacia donde vamos? – preguntó Dunariel.

- Pronto lo sabrás.

 

Dunariel y Varok anduvieron durante largo rato, Dunariel se fijó más detenidamente en Varok, este ser parecía un hombre muy mayor con una corta barba blanca, unas ropas desaliñadas y totalmente roídas, su color, si alguna vez lo tuvo, hubo de ser el gris pero ahora era un gris verdoso. Varok no tenía sombrero, ni gafas, ni cayado como siempre describían los libros a los magos, ni tan siquiera una túnica, Varok era una persona normal pero muy mayor, es más si no supiera Dunariel que era mago, lo habría confundido con un viejo desgarvado.

 

- Ya hemos llegado, mira allí – Varok lanzó la esfera de luz contra una esquina de la estancia e hizo que en esta hubiera una luz casi del día.

 

Dunariel miró hacia donde el mago señalaba y en la esquina de la estancia había una cría de dragón gris acurrucada, Varok le hizo un ademán con la mano para que se acercara, Dunariel pegó la espalda a la pared asustado.

 

- Dunariel, no te asustes, mira acércate, creo que viste a su madre ¿me equivoco? – Dunariel asintió con la cabeza – Hará tiempo decidí salir a buscar a Invgar pues su magia se sentía cada vez más fuerte y parece que él se dio cuenta de que lo estaba buscando. Cuando llevaba andando muchos días me encontré con un nido de dragón y no dude ni un momento sobre quien lo podía haber creado, en él había un huevo, decidí cogerlo, tal vez aún estuviera a tiempo de evitar un ataque de dragones, tal vez fuera el primero, pero no era así. Cuando conseguí volver a la montaña me encontré a un dragón gris haciendo guardia, sobrevolando la montaña, conseguí crear un conjuro para que no se viera desde el pueblo.

- Pero yo lo vi.

- Ya lo sé Dunariel, pero no sabemos si fue antes de que yo lanzara el conjuro o después. El dragón era la madre del huevo que sostenía en mis brazos, parecía que Invgar la había lanzado en mi busca y consiguió encontrarme, tuve que luchar con ella hasta que conseguí que se marchará acobardada. Al poco tiempo el huevo eclosionó y aproveché para instruir al pequeño en el arte del bien y eso es lo que estoy haciendo saluda a Ala de fuego.

- ¿Ala de fuego?, no me gusta su nombre – dijo Dunariel.

- Ni a mí, pero era el único nombre que encontré acorde.

- ¿Y qué le das de comer Varok?

- Pues lo estoy educando para que no coma carne, estoy consiguiendo que coma vegetales aunque de vez en cuando tengo que darle algo porque si no... se pone insoportable. Vámonos

- ¡Espera!

- ¿Qué?

- Puedo acariciarlo.

- Inténtalo – Varok emitió una leve sonrisa permitiéndoselo.

 

Dunariel le pasó su mano sobre el hocico húmedo ante lo que el dragón bramó, después le tocó los pequeños cuernos que le estaban naciendo en la cabeza y el dragón sonrió.

 

- Vámonos – Varok comenzó a andar con las esfera ardiente en la mano.

- Hasta luego ala de fuego – dijo Dunariel, el dragón contestó con un pequeño bufido – ¡Espera Varok!.- Dunariel apretó a correr.

 

En menos tiempo que antes volvieron a la estancia principal, Dunariel se sentó en la cama perdió la mirada, y comenzó a hablar.

 

- Tengo que ir al pueblo, pero tengo miedo de lo que pueda encontrar, o mejor dicho de lo que no pueda encontrar.

- Te entiendo Dunariel, yo intenté lanzar un conjuro desde aquí para ahuyentar a los orkos, pero fue demasiado tarde, muchos ya habían muerto, entonces te vi caer por el terraplén y decidí salvarte, bajé rápidamente la colina y llegué justo antes de que aquel orko te diera el golpe de gracia.

- ¿Orko?

- ¿Con que crees que tropezaste?

- Con la raíz de algún árbol, con alguna piedra.

- Pues no, fue con un orko que te estaba esperando agazapado, le lancé un conjuro muy simple y salimos corriendo, te has llevado inconsciente dos días.

- ¿Dos días por un simple golpe?

- No fue un simple golpe, los orkos son criaturas mágicas y sus golpes no son golpes normales, tú fuiste golpeado por una criatura mágica y nunca antes te habías enfrentado a una criatura así, no sabíamos como ibas a reaccionar, bastante bien has reaccionado.

- ¿Podemos bajar al pueblo?

- Sí, pero bajaré contigo, no creo que te guste lo que vas a ver.

 

Varok y Dunariel bajaron la montaña tranquilamente mientras la mente de nuestro pequeño amigo recordaba las imágenes de aquella terrible noche, recordaba como aquel guerrero de Gámolet subido en su caballo blanco asestaba golpes de espada a su izquierda y derecha, recordaba a su padre subido en aquel caballo marrón que tantas veces había cargado hierro, ahora era su padre el que estaba a lomos de aquel caballo y portando armas.

 

Mientras pensaba llegaron a Astun y el paisaje no podía ser más desolador. Donde antes se levantaba la taberna del gran oso sólo quedaban amasijos de madera y cenizas, la pequeña muralla que rodeaba al pueblo sólo podía intuirse debido a los pequeños despojos que quedaban de ellas, las casas del pueblo estaban totalmente calcinadas y destrozadas, Dunariel no pudo evitar acercarse a lo anteriormente había sido su casa y la herrería de su padre. No quedaba nada de ella, su casa no era más que un conjunto de tosca madera y entre ella se podía vislumbrar el escudo que el padre de Dunariel había usado en la batalla, el escudo tenía un dibujo en su cara anterior, parecía una heráldica familiar y a su alrededor había una inscripción en el idioma antiguo de Astun.

 

- Varok, ¿Sabes lo que dice esta inscripción?

- Claro que sí, ese es el idioma que se hablaba en Astun cuando yo me marché. Dice esto: “Este es el escudo de Dunariel de Astun, el valeroso, el te llevará a la victoria”.

- ¿Dunariel de Astun? ¿Quíen es ese que tiene mi nombre? ¿Por qué mi padre tiene su escudo?

- Dunariel, parece que tus padres no te contaron todo sobre tu familia ¿no?

- ¿Qué tendrían que contarme?

- Dame la mano.

 

Dunariel acercó su mano a la de Varok que con su mano libre hizo un círculo en el aire marcado con su dedo índice, mientras musitaba entre dientes unas palabras que Dunariel no alcanzaba a entender, parecía que más que hablar estuviera maldiciendo a alguien. Dunariel sintió que los pies se le despegaban del suelo y que este desaparecía transformándose en una espiral azul y blanca que le rodeaba por todos lados, Dunariel tuvo que cerrar los ojos aterrado y así siguió un buen rato hasta que de nuevo tocó el suelo. Entonces comenzó a abrir los ojos muy lentamente y a medida que los abría iba reconociendo ante él a su pueblo tal y como él lo recordaba. Frente a sus ojos volvían a estar todas las casas en pies, el olor del bosque se hacía cada vez más grande.

 

- ¿Has reconstruido Astun, Varok?.

- No, Dunariel he viajado al pasado, hace ya muchos, muchos años, quiero que sepas la historia de tu familia. Hace mucho, mucho tiempo, yo aún no había nacido, hubo una gran guerra en Gámolet, una guerra que se quiso olvidar totalmente, una guerra de la que los libros no hablaron siquiera. Se llamó la Guerra Eterna, porque parecía que nunca iba a acabar. En ella la magia también tuvo mucho que ver, ven, vamos a tu casa.

 

Dunariel y Varok caminaron hasta la casa de Dunariel hasta la herrería del pueblo, al llegar Dunariel vio que no estaba la herrería.

- Pero... ¿mi familia no fue siempre de herreros?

- No, Dunariel, este es uno de tus primeros antepasados y se llama como tú, tú te llamas así por el, aquí vive Dunariel de Astun, uno de los hombres más valientes de todo Gámolet y caballero de Gámolet.

- ¡Caballero de Gámolet! ¡En mi familia hubo un caballero de la corona!

- Sí y era el principal caballero del ejército, nadie manejaba la espada y el escudo como lo hacía él, mira dentro, allí, sobre la chimenea – Dunariel miró por la ventana - ¿Reconoces ese escudo?

 

Sobre la chimenea de la casa estaba el escudo que Dunariel había tenido momentos antes sobre sus manos, aquel que usó su padre en la batalla.

 

- Aquel escudo lo mandó forjar con hierro de mi montaña y mi maestro le lanzó un conjuro para que soportara los golpes mágicos, Dunariel de Astun respetaba a mi maestro y mi maestro sentía un gran aprecio por él.

- ¿Y qué pasó en la guerra eterna?

- La guerra eterna se libró en suelo mágico, en él se dieron cita todo tipo de criaturas que puedas imaginarte desde las más malvadas a las más puras, incluso lucharon elfos en el bando de la pureza.

- ¿Elfos?

- ¿Acaso nunca has oído hablar de ellos? – Dunariel negó con la cabeza – Los elfos son unas criaturas hermosas, de cabello como el oro y como la plata, sus rostros son tan blancos que desbordan pureza y sus ojos tan hermosos que de verlos entran ganas de llorar de envidia. Son altos y delgados y tienen unas orejas puntiagudas, aman a la naturaleza y viven con ella y en ella, ellos son un invento de la naturaleza. Manejan el arco con destreza y luchan sólo por el bien, odian las guerras.

- ¿Qué era aquello del bando de la pureza?

- En la guerra existieron dos bandos, el bando de la pureza, donde lucharon los caballeros de Gámolet, los magos puros, los elfos, los unicornios y los pegasos. Existió también el bando de la maldad y fue donde lucharon los magos oscuros, los caballeros que odiaban a todo el mundo, los orkos y toda clase de bestias inmundas. El bando de la pureza fue dirigido por Dunariel de Astun, que se ganó el sobrenombre del valeroso y el bando de la maldad fue dirigido por Rástarov, un caballero creado por los magos oscuros para liderar las fuerzas del mal. La batalla fue muy dura, murieron muchos elfos y muchos caballeros de Gámolet, el bando de la pureza daba ya la batalla por perdida. Entonces Dunariel de Astun montó en un pegaso que levantó el vuelo hasta el cielo, Dunariel llamó la atención de Rástarov que montó en un dragón hasta donde se encontraba el valeroso y entablaron una lucha terrible cuerpo a cuerpo, espada contra espada, los elfos que quedaban vivos comenzaron a lanzar flechas al dragón de Rástarov y Dunariel con un certero golpe de su espada consiguió deshacer el hechizo que había creado a Rástarov, los orkos al sentirse sin líder comenzaron a luchar entre ellos aniquilándose, los magos fueron controlados por los magos puros y poco a poco fueron restableciendo la normalidad.

- Entonces ese Dunariel era de mi familia ¿no?

- Sí, pero cuando terminó la Guerra eterna, el decidió dejar los caballeros de Gámolet y dejar su legado a su hijo pidiéndole que le prometiera que nunca se haría caballero y así lo hizo. Dunariel de Astun abandonó el pueblo para ir a la montaña a vivir con mi maestro y aprender algo de magia, yo llegué a conocerlo y estoy seguro que estaría orgulloso de ti y de tu padre.

- Yo fui un cobarde, en vez de luchar huí a pedir ayuda.

- Eso era lo que tenías que hacer ¿qué hubieras hecho tú contra los orkos? Fuiste muy valiente al internarte entre la maleza aquella noche tal y como era la situación, cualquiera no lo hubiera hecho.

- Pero escuché a mi madre gritar – Dunariel comenzó a llorar, Varok lo apretó contra su pecho.

- Tranquilo Dunariel, todo aquello ya pasó, además quisiste correr más para encontrar ayuda antes y así poder ayudar a salvar tu pueblo, no podías hacer otra cosa, eres solo un niño.

 

Dunariel lloraba con fuerza apoyado en el pecho de Varok, cuando se apartó pudo ver a su alrededor que no quedaban más que cenizas y maderas, ya habían vuelto y no había notado en esta ocasión ni tan siquiera despegarse los pies del suelo. Dunariel se acercó a los despojos de su casa y cogió el escudo, lo miró anhelante y lo colocó bajo su brazo.

 

-¿Nos vamos? – dijo Dunariel.

- De acuerdo dijo Varok.

 

to be continue...

(por petición expresa) 

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DUNARIEL EL GUERRERO

CAPITULO1
DUNARIEL



Había una vez un joven caballero, tan joven, tan joven, tan joven que aún jugaba con los muñecos, se llamaba Dunariel, tenía el pelo rubio como el oro y una pequeña melena que le llegaba hasta el final del cuello, era muy, muy delgado, no pesaba ni 30 kilos, tenía unos hermosos ojos claros y era hijo de un herrero del pequeño pueblo de Astun en la lejana tierra de Gámolet.

Astun era un pueblo que más que pueblo parecía una pequeña aldea, junto a él había un hermoso bosque, de grandes árboles verdes y tan extenso que no se podía ver el final, en Otoño se podía escuchar como las hojas secas de los árboles golpeaban el suelo de manera incesante. Astun no tendría más de 50 habitantes, sus pequeñas casas de madera y su hermoso suelo verde le daban a este pueblecito un aspecto bastante peculiar, el humo que se desprendía de las chimeneas le daba un olor especial y la pequeña muralla que lo delimitaba, de madera también y que no superaba el medio metro de altura, le daba un aspecto de una casa de campo muy grande, pero no era así, Astun era un pueblo muy tranquilo, donde todos sus habitantes tenían un oficio, donde durante las cenas se podía escuchar al trovador cantar como cantan los ruiseñores.

Dunariel había nacido en este pequeño pueblo, y su padre, el herrero, soñaba con que su hijo aprendiera el oficio que él tanto amaba. Pero Dunariel no quería ser herrero, él siempre había querido ser caballero, como aquellos que leía en los cuentos, para ver dragones, magos hechiceros... Pero su padre le decía que todo eso era mentira que los dragones no existían, que los magos menos y que los hechiceros sólo estaban para curar enfermedades y no para lanzar maldiciones. Pero Dunariel sabía que su padre estaba equivocado, Dunariel había visto una vez a un hermoso Dragón Gris sobrevolar la montaña del ermitaño. Fue una tarde ya casi anochecida, Dunariel escuchó un chirriar muy parecido al de un pájaro, él estaba volviendo del bosque de jugar con sus amigos y cuando levantó la vista vio como un dragón muy grande, tan grande como 50 caballos en fila, sobrevolaba el pico de la montaña chirriando, y de eso hacía poco tiempo, hará ya unos 70 días.

Pero no os he contado donde estaba la Montaña del ermitaño, esta montaña estaba al Oeste del pueblo, y en invierno se inundaba de nieve, su pico parecía un helado de nata, su nombre es el del ermitaño porque cuenta la leyenda que hace muchos años, antes de que Dunariel naciera e incluso su padre, un hombre marchó a vivir a la montaña porque no quería a nadie del pueblo, y no era una mala persona, pero es que decía que se aburría en el pueblo que él necesitaba estar sólo y hacer lo que quería no lo que el pueblo esperaba que hiciera. Dunariel siempre se preguntaba si verdaderamente existía aquel ermitaño o era un cuento para asustar a los niños para que no subieran a la montaña.

Los amigos de Dunariel, Ilipo y Porado, eran sus dos confidentes, ellos no eran tan valientes como Dunariel y siempre le decían que eso de ser caballero no era una buena idea, además no entendían porque quería ser caballero si en el pueblo nadie era caballero y le replicaban:

- ¿De dónde sacarás las armas?- preguntaba Ilipo.
- Las forjaré en el taller de mi padre, para eso es el herrero – contestaba Dunariel.
- ¿Y de dónde el caballo? – preguntaba Porado.
- Cogeré uno del bosque, quien sabe quizá me consiga hasta un unicornio –respondía Dunariel.

Ilipo y Porado se encogían de hombros mientras miraban a Dunariel mover la espada de madera que solía llevar atada al cinto como si se estuviera batiendo con cualquier animal asombroso.

- ¡Dunarieeeeeel! – el viento traía el sonido de la voz de su madre. Este era el sonido que les hacía salir a prisa de la tranquilidad del bosque y les indicaba que era la hora de volver a sus respectivas casas. A Ilipo le costaba seguir a Dunariel, pues era un poco rechoncho, cada vez que veía que Dunariel se encaramaba a la rama de algún árbol resoplaba pensando que él tenía que hacer lo mismo. Porado era un poco más ágil aunque tampoco mucho, era muy alto para su edad y eso le hacía ser muy torpón a la hora de moverse.

Al llegar al pueblo la madre de Dunariel los esperaba muy cerca de la pequeña muralla mirando para todos lados para verlos venir, ella también era rubia al igual que Dunariel y con una graciosa cara de mejillas sonrojadas, esperaba, con las manos en jarras apoyadas levemente en sus caderas, al pequeño ser que había aparecido entre la espesura del bosque mirando hacia atrás y riendo de sus compañeros, iba tan absorto que tropezó con su madre.

- ¡Muy buenas jovencito! ¡Ya era hora de que aparecieras!
- Esto... Hola mamá.
- Está ya casi anocheciendo, ¿acaso no pensabas volver a casa? – ahora alcanzaron el mismo lugar que Dunariel Ilipo y Porado. - ¿Y Ustedes no sabéis que vuestras madres os están buscando? Desde luego ustedes por ahí con un extraño en el pueblo...
- Un extraño ¿quién? ¿quién? – preguntaba Dunariel ansioso.
- Un Caballero de Gámolet.
- ¡¿De Gámolet?! – Preguntaron Dunariel, Ilipo y Porado
- Sí de Gámolet y que sepas jovencito que ni se te ocurra acercarte, papá le está preparando las herraduras de su caballo y le está reparando las armas.
- Pero mamá es un caballero de la corona, nunca más podré ver a ninguno, ¿dónde se hospeda?
- En la taberna del gran oso.

No pudo terminar su madre la frase cuando Dunariel ya corría en aquella dirección como alma que lleva el diablo, pero si Dunariel corría imaginarse como iban detrás Ilipo y Porado casi a rastras de lo cansado que venían de la carrera para salir del bosque, menos mal que Astun era pequeño y la taberna del gran oso se encontraba cerca. Rápidamente nuestros tres amigos abrieron la puerta de la taberna y en una mesa estaban casi todos los hombres del pueblo alrededor de un joven de unos 25 años, moreno y de pelo corto que bebía de un pequeño vaso de madera. Dunariel, Ilipo y Porado se sentaron en una mesa más lejana para escuchar lo que decían sin que los mayores los vieran.

- Los orkos no existen – decía el pescadero del pueblo tras su oronda barriga.
- Les digo que sí, yo mismo he tenido que venir aquí porque me he encontrado con toda una orda. Eran al menos 10, su piel era verde y rugosa y sus ojos rojos como la sangre, llevaban hachas y olían muy mal. Montaban todos corceles negros, ¡válgame Dios! Si no he luchado con ellos por qué mi espada y mi escudo iban a estar como se los he entregado al herrero.
- ¿Es cierto eso, tan mal estaban? – preguntó el pescadero al padre de Dunariel.
- Sí, parecía que su espada hubiese sido mordida como un pescado de tu tienda, y su escudo estaba lleno de bultos.
- Tal vez el caballero se cayera del caballo sobre sus armas y ahora quiera justificarlo – dijo el panadero. A esta frase rieron todos de buena gana.
- Les aseguro que no, eran orkos y llevaban esta dirección, yo voy hacia el castillo a avisar a mi señor, pues en Gámolet nunca habíamos visto tales cosas, primero hechiceros y ahora orkos, lo próximo que será ¿dragones?
- ¡Pues yo he visto a uno! – gritó Dunariel desde la mesa.
- ¡Dunariel! ¿cuánto tiempo llevas ahí? – preguntó el herrero a su hijo.
- El suficiente para saber lo que pasa – Ilipo y Porado se escondieron bajo la mesa. – Yo vi un dragón hace unos setenta días era muy grande y gris. – Los hombres del pueblo rieron.
- ¿Qué me dices joven? – preguntó el caballero
- Venga hombre, no irá a creer usted al niño.- dijo el panadero.
- Después de ver a los orkos y de saber de la existencia de un hechicero puedo creer perfectamente que exista un dragón gris. Ven chico, acércate ¿como dices que te llama?.
- Dunariel – dijo su padre.
- Bien, Dunariel, ¿estás seguro de lo que viste?
- Tanto como creo en los orkos que usted vio, pero no son los primeros que hay. Hace cuatro días vi a tres de ellos agazapados tras un matorral a la entrada del bosque, mis amigos, aquellos que están bajo la mesa, también los vieron pero no quisimos decir nada porque nadie nos iba a creer.
- ¿Eso es cierto? – preguntó el caballero.
- Se lo aseguro.
- Señor herrero, ¿cómo está el pueblo provisto de armas?
- ¿Para qué? – respondió el padre de Dunariel.
- Creo que los orkos quieren atacar vuestro pueblo.

El silencio se hizo en la sala, los ojos de Dunariel se volvieron tan grandes como platos y quedaron sus pupilas tan pequeñas que parecía tener solo color blanco en los ojos. Los hombres de pueblo cambiaron sus risas por rostros sombríos y el caballero volvió a tomar la palabra.

- Tenemos que organizarnos para evitar que ocurra algo. Si son sólo los diez que yo he visto entre todos nosotros no ha de haber mucho problema para acabar con ellos si son más mucho me temo que habrá que luchar.
- ¿Y qué propones? – preguntó el pescadero.
- Primero dejar a los niños y a las mujeres en las casas y nosotros prepararnos para la batalla en las afueras del pueblo, necesitaremos caballos, arcos, espadas y escudos, alguna cota de malla y algunas pequeñas armaduras de placas.

Rápidamente los niños fueron llevados a las casas y las mujeres informadas, la noche ya era cerrada en Astun, nunca antes se había vivido una cosa así, desde la ventana de Dunariel se podía ver lo que en breve sería el campo de batalla, su madre estaba con él en el alféizar de la ventana mirando hacia donde los hombres esperaban. Dunariel levantó la mirada hacia el bosque y vio como pequeños puntos rojos iban apareciendo tras la espesura, eran los ojos que había descrito el caballero.

- Mamá, no te asustes pero ya han llegado los orkos
- ¿Cómo? – preguntó su madre aterrorizada ante esas palabras.
- Ves los puntos rojos son sus ojos lo dijo el...

Y antes de que pudiera terminar la frase unas manchas verdes se lanzaban con furia desde la espesura hacia los hombres del pueblo. Su madre cerró la ventana aterrorizada ante aquel espectáculo. Dunariel siguió mirando a través de un pequeño agujero de madera, vio como los orkos portaban pesadas hachas y miraba como los arcos de los hombres hacían volar flechas hacia todos lados, del bosque comenzaban a salir orkos montados en caballos negros, con espadas tan grandes que tenían que sostenerlas con las dos manos. Dunariel empezaba a sentirse asustado y bajó al taller de su padre, cerca del yunque encontró una espada corta y un escudo con el que el apenas se podía cubrir el brazo hasta el hombro, era una pequeña rodela. Dunariel lo subió a su cuarto y lo metió en una bolsa. Volvió a mirar por el agujero, los orkos superaban en número a los hombres y entre los hombres comenzaba a haber bajas, los orkos comenzaban a entrar en el pueblo. Dunariel buscó a su madre que ya sabía lo que ocurría, el pequeño llevaba la bolsa de las armas que había encontrado sobre su espalda. Su madre lo cogió en brazos y le dio un beso, abrió la puerta de atrás y le dijo:

- Dunariel, sin en verdad eres un caballero cruza el camino hasta Síncap, pide ayuda y ten mucho cuidado, los orkos están por el otro lado no se darán cuenta.

Dunariel apretó a correr por el caminó y al escuchar cerrar su puerta escuchó como los orkos reventaban la puerta principal y como su madre chillaba, esto en vez de frenarlo le hizo correr más deprisa tan deprisa como si volara tenía que buscar ayuda, tenía que encontrar ayuda, tenía que ayudar a su madre.

Tanto corría en la oscuridad que sin darse cuenta chocó con la raíz de un árbol, cayendo por un pequeño terraplén y perdiendo el sentido.
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